Watchmen: anti-coleccionistas

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Cine & Series /
Escrito por Daniel Pedroso

Tras hablar de Joker hace unas semanas, el género de antihéroes desempolva sus trajes, máscaras y vitrinas de coleccionista asaltando la tendencia y cualquier tipo de tamaño de pantalla. Si nos referimos a la más pequeña, tenemos que hablar de Watchmen, comic que nació de la mente pródiga de Alan Moore y el firme trazo de Dave Gibbons en DC Comics haciendo del anti-heroísmo una institución en su propia clase. Atreviéndose en su adaptación al formato de serie con Damon Lindelof a la dirección, idolatrado y odiado a partes iguales por maravillas con nombre propio como Perdidos o The Leftovers, este especialista en dar que hablar sobre todo por sus finales, se recrea haciendo de esta secuela la posible mejor referencia ante lo que queda de trimestre. Todo parece estar de parte de Watchmen y de HBO, que tras haber quedado desolado sin reinos ni coronas recarga sus cartuchos y pone el contador a cero.

La historia que envuelve a este rara avis dentro de su género tiene una historia tangencialmente opuesta en comparación al resto. Todo lo que ha parido sus viñetas originales ha sido admirado y convertido en reliquia, y aunque la escasez abunde en este caso, la saga ha conseguido mantener un  aura de misticismo que casi nadie se atreve a lucir. Habiendo nacido en los tardíos 80, Watchmen se destapó al mundo mainstream en su adaptación al cine, cuando en 2009 Zack Snyder, también conocido por el film 300, conseguía crear una historia de amoralidad y alienación dentro de un ritmo de cine clásico y estética reluciente de videoclip; tanto es así que el slowmotion casi llegó a salir en los títulos finales de crédito como principal protagonista.

Con el rechine de dientes y los dedos cruzados rozando el agarrotamiento de los más puristas, la película de Snyder se convertía en una elocuente excepción entre estereotipos, capas y puñetazos. Aunque a veces enrevesada y elitista, Watchmen no quería parecer la típica película de superhéroes y se desmarcaba rápidamente escupiéndonos cada dos por tres y a cara de perro su eslogan de ¿Quién vigila a los vigilantes?  (Quis custodiet ipsos custodes?).

Ahora bien, desde 2009 han llovido diez años y la cosa ahora es bien diferente. Sin obviar que el panorama actual de las series brinda un ambiente de hostilidad y reticencia a cualquier novato, el fast food televisivo con el que convivimos hace que la virginidad de cualquier serie nueva que quiera entrar en el juego sea premeditadamente prematura. No es el caso de Watchmen  y mucho menos el de Lindelof, que si pudiese presumir de algo, seria de hacerse fuerte ante las adversidades. El showrunner ha sabido como sacudirse de encima el principal problema con el que nacería su adaptación; las inconscientes comparaciones con la película de Snyder y el extremo detallismo que se le exigiría sobre la obra prima iban a ser el principal motivo por el que Watchmen no pudiese juzgarse por sí misma. Rompiendo rápido con ese cordón umbilical que le unía a la anterior obra, Lindelof abre nuevos caminos, nuevas historias y personajes donde  la pura crudeza de la actualidad será quien cambie las reglas.

La norma siempre estuvo condicionada por la política, o más bien la politización. De una forma u otra Watchmen escondía en las entrañas de su entintado una incendiaria forma de entender el mundo y no dejarse llevar solo por la lucha del bien contra el mal. En este primer capítulo que nos sirve de aperitivo al caos, las heridas empiezan a reabrirse desde sus primeros fotogramas. Acertando en el corazón de la problemática actual americana, nos sitúa en Oklahoma, epicentro de la Norteamérica profunda que será la base del terreno sobre el que pulir su piedra angular. La masacre y linchamientos sufridos por la comunidad negra en la ciudad de Tulsa en 1921 será el punto de partida y posterior escenario escogido para mostrar sin tapujos y falsos adornos realidades tan crudas como el supremacismo blanco o la brutalidad policial, trágicas crónicas con la que América se despierta cada mañana.

No se escapa nadie de este callejón sin salida. Todo parece haberse dado la vuelta y nadie es quien parece ser, pero nada nuevo que le comprometa. Ahora los agentes de la ley cubren sus caras con máscaras amarillas para no ser identificados ante sus abusos, cualquier paralelismo con los acontecimientos vividos esta semanas en Barcelona ya corren a cargo de la moralidad de cada uno, o aquellos que se empeñan en acortar distancias y acelerar el minutero para que llegue el día del juicio final ahora portan máscaras del gran icono amoral de la saga al estilo guerrilla urbana.

Con un buen equipo a sus espaldas las caras conocidas corren parte de Don Jonson (Djando Desencadenado o Miami Vice), Yahya Abdul-Mateen II (The Get Down) o Regina King, ganadora al Oscar de mejor actriz de reparto por El blues de Beale Street, quienes formaran parte de lo que llamaríamos rápida y fácilmente el bando de los buenos, mientras que la mejor aparición de la noche se deja esconder para hacer gala de guiños y reverencias con el personaje de Ozymandias encarnado por Jeremy Irons. Son muchas las referencias que veremos en este nuevo Watchmen donde la reminiscencia nos evoca escenas tan míticas como las de Blade Runner y el interrogatorios de replicantes, las máscaras nuevas que nos recuerdan a la verborrea absolutista de Rorschach o el ecléctico American Idol a todo color basado en la cuadrilla de los anteriores héroes fracasados nos dan pie a dejarnos llevar por esta desacerbada nostalgia enmascarada.

La semana pasada los más seguidores de la saga abrían los primeros instantes de la serie cuidadosamente por las indicaciones marcadas de fábrica y viendo que sin dejar boquiabierto a nadie con sus primeros compases, la serie se llevó el aplauso de la grada.  Con el estreno esta noche de su segunda entrega sabemos que Watchmen ya juega en casa, quitándose toneladas de presión encima los vítores se mezclan con el ruido de las campanas que conjeturan sobre su segunda temporada. Porque esta adaptación es para disfrutarla con otro tempo, con otra marcha porque aunque no hay tanta negrura y mucha luz que deslumbra, no hay slowmotion y va todo bastante rápido y ya no escuchamos a Bob Dylan con su The Times They’re a changing,  ahora suena Future con su Chrushed Up porque los tiempos ya han cambiado.

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Sobre el Autor / Daniel Pedroso

I don’t quite know what I am yet. I’ve tried flipping coins, listening exclusively to french crooners, I’ve even had a brief hat phase, but nothing stuck.