El Irlandés: de orfebres violentos

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Cine & Series /
Escrito por Daniel Pedroso

Rara vez al tener algo en frente tan grande, excesivo y lejano uno es capaz de saber cuáles son las dimensiones exactas de lo que admira. Contando por automático el gesto de medir las cosas con nuestros propios dedos, alejando el índice del pulgar, midiendo de ancho a largo, uno acaba perdiendo cualquier tipo de perspectiva. El alcance lo es todo y la proyección de la sombra es buen índice de medida, casi tan fiable como puede ser la pureza. Sin tener calibrador a mano y considerando la necesidad del reposo en este tipo de obras, es el momento idóneo para sacar a relucir la última obra de orfebrería desmedida tallada  por la mano de Martin Scorsese en su obra El Irlandés, proyectada recientemente en Netflix. Tan dura como el diamante, brutal y lenta, un film tan bien pulido que deslumbra al brillar entre tanta bisutería barata, El Irlandés es el mejor reconocimiento a toda una vida de orífice enclaustrado, a conciencia, a su violenta imaginería.

Como jarro de agua fría El Irlandés se ha estrenado drenando el desolador páramo con el que se despierta últimamente el cine de gran escala. Autoinvitándose este a un acomodamiento continuo, la obra de Scorsese ha reanimado nuevas heridas en la industria y viejos géneros cinematográficos que parecían haberse dormido para siempre. El letargo intermitente con el que convive y vivirá siempre el cine clásico no es una excusa más para sentir de nuevo que todo en esta vida es cíclico, donde la línea recta se mece a la curva y de ahí a la inevitable espiral. El Irlandés retoma el cine de gánsters recordándonos una época dorada de la cinematografía, con una pausa infinita, colores ardientes y un metraje digno de admiración. Con tal atrevimiento de contener en sus líneas tres horas y media de duración, Scorsese nos da una pista sobre la diferencia de cualidades, cantidades y calidades que frente al resto su obra posee. Haciendo compendio del malgasto del tiempo, en todo el recorrido de su duración nos daría para ver una mitad de temporada de la serie de moda o una mini serie completa, pero El Irlandés ha elegido la talla más alta para medirse donde el esfuerzo de cada minuto está bien recompensado. 

Haciendo lógica la frase hecha de “Esta película solo podría haber sido rodada por él” se hace cierto que El Irlandés lleva cosido su traje a medida; de dos botones y solapas grandes, corbata ancha a juego y bolsillo de doble fondo. El neoyorquino de Queens ha martilleado en toda su filmografía con una identidad única, ensalzando el costumbrismo mafioso en títulos como ‘Malas Calles’, ‘Uno de los Nuestros,’ ‘Casino’, ‘Boardwalk Empire’ o ‘Gangs of New York’ siendo todas ellas hijas del mismo padre. A esta familia apasionada por el terciopelo rojo, los clubes nocturnos, los tiros a quemarropa y las fedoras de Borsalino se suma el hijo que despareció y volvió en Navidad. El Irlandés es probablemente la última imagen de orla donde veremos tanta estrella junta y revuelta como Al Pacino, Robert De Niro o Joe Pesci dibujando la estela perfecta para desdoblar los sesenta y dar la bienvenida de gala a una nueva década.

Son muchos los hilos que mueve y se entrelazan en El Irlandés, tanto que sin mucha documentación previa sobre la historia real que esconde y en la que basa su trama nos quedaremos en una bonita postal de colores retro y luces de callejón difuminada. Una América que parece nostálgica y admirable si la comparamos con la de ahora, donde aún el humo de las alcantarillas y el suelo mojado nos sirven de reflejo para contar una de las mayores tramas de narcotráfico y bajos fondos vividas en territorio americano. No creo que sea este el lugar para desgranar que hizo cada personaje ni el momento para jugar al quien es quien, incluso es parte del encanto que esconde el anexo de esta película. El alza de las búsquedas tras su estreno de nombres como Jimmy Hoffa, interpretado por Al Pacino, Frank Sheeran con Robert De Niro, Russel Buffalino con Joe Pesci o la misma intrahistoria de la familia Kennedy son la mayor prueba de que todo los quilates que vale ese star system junto no cae por su propio peso.

Con un bótox improcedente de la actual tecnología, el extremado azul de los ojos de De Niro contrastan con la negrura con la que arrastra su personaje, figura de la impasibilidad y sencillez, que pasó de pintar casas a convertirse en arquitecto del Hampa italoamericano. Sin hacerle mucha falta más de caracterización adicional a De Niro, sus macizas tablas en escena servirán de narrador en un tú a tú constante a modo de terapia con el espectador dejando claro un discurso eterno:  a pesar de lo que digan, la sangre no deja más marca que el tiempo.

Comenzando sincopadamente y ahorrándonos unas hemerotecas innecesarias, el retrato de Sheeran nos dará vuelo para ver los bajos fondos desde las alturas. Un alegato que nace del libro “I Heard that you Paint houses” (He oído que pintas casas) donde el propio Sheeran confesó que el color rojo fue el que marcó la desaparición de Hoffa allá en 1975 donde aún revolotea el misterio sobre las iniciales de una de las figuras más influyentes del panorama americano en los años 70. Convirtiéndose Sheeran inconscientemente o no en uno de los mayores testigos de tráficos de influencias, fraudes, malversaciones y asesinatos sin desmesura.

El Irlandés nos cuenta desde dentro, desde arriba y desde el suelo como verlo todo según la perspectiva adecuada. Son puntos de vista y formas de verlo, aunque siempre contamos con las comparaciones pertinentes que resultan por defecto, ya sea con El Padrino, Coppola y hasta con Tarantino (muchos de los diálogos de roadtrip de la película tienen la misma sorna que las del director de Pulp Fiction). Siendo directamente catalogada como emblema nuevo del cine clásico, es curioso como Scorsese se aleja de la norma y la tradición en todos sus formatos, desde su minimalista estreno en pequeñas salas de nuestro país, inscritas a una ínfima y reducida lista por todo el globo, hasta por su compleja relación con los estudios clásicos y apuesta en firme por las nuevas productoras.

Sin caer en un chovinismo absoluto, el film de Scorsese se hace fácilmente apto para cualquier tipo de público que no  tenga mucha aversión o alergia a la violencia espontánea. La histeria colectiva que ha llegado a generar es gracias al impulso y alas que le ha proporcionado situarse en las casillas primeras de la pantalla plateada de Netflix. Con una guerra abierta sobre los escaparates y el “cine de verdad”, Scorsese toma de su relato la mejor lección sobre la que aprender y aceptarse; al fin y al cabo cada uno es lo que es y no lo que intenta parecer. Rechazado cualquier tipo de futura hibridación o cambio de planes sobre su obra, ya llegaron las diferentes propuestas de marketing como la ir adelantando tiempo y trabajar en su segunda parte o convertir su relato en serie, dividiendo el film en cuatro capítulos o varias temporadas, al neoyorquino no le queda más que coger aire y encogerse de brazos ante la depreciación de su fruto cuidadosamente hecho a mano. Quizá esa sea la mejor reacción para traducir la rara sensación de despedida sobre un género que en poco tiempo se quedará huérfano, que a pesar de las tantas veces que lo revivan no aunará tanto icono junto y tanto gánster suelto, esa sensación de haber presenciado como se pulía a mano uno de los grandes diamantes de nuestro tiempo.

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Sobre el Autor / Daniel Pedroso

I don’t quite know what I am yet. I’ve tried flipping coins, listening exclusively to french crooners, I’ve even had a brief hat phase, but nothing stuck.