El feísmo: Entre lo bonito y lo brutal

Lo malo y lo bueno siempre fueron tangenciales, fáciles y poco sutiles en buscarse una definición. Sobre el resto de balanzas aún no hay inventado un mecanismo efectivo que ponga orden a todo ese magma de antonimia y desempate la principal batalla que realmente nos importa: qué es bonito y qué no. La era del “feísmo” con la que convivimos ya desde hace años lleva relativamente poco en activo, y el acostumbrar nuestras pupilas a la fealdad no resulta fácil para nuestros ojos acostumbrados a lo canónico. Ya sea por sentirnos parte del juego o por pura inconsciencia, quien más y quien menos ha probado las mieles de lo antiestético. Y no se trata de sacar pecho, ni mucho menos de avergonzarse, al contrario, es hora de rendirse a la evidencia de que lo que llamamos feo, triunfa.

En los avanzados 50, los extrarradios de las ciudades se transvestian de crudeza y agresividad poniéndole cara a una regeneración entera. Una sociedad que llegó a levantar su identidad sobre edificios de hormigón armado que enseñaban los dientes entre geometría y brutalismo. Y será suerte o azar, pero el feísmo, hibrido estilo arquitectónico que aún pervive en Galicia, es el mejor patrón a seguir para mostrar la nuestra, que lejos de sentirse bruta, se siente fea. Los pilares de esta especie de incongruencia arquitectónica con muchos detractores y pocos referentes se definen por ornamentaciones desproporcionadas, mezcla de géneros en su mayoría de mala calidad o a la no correspondencia con las clases bajas sino construcciones con costes millonarios. Una línea que aunque nos sirva para trazar un perfecto paralelismo con lo que nos rodea, es maltrecha y desdibujada.

Lo subjetivo siempre contamina, porque lo que es bonito para unos, es diferente para otros. Lo feo siempre ha servido para darle la vuelta a todo, para mostrar la antítesis de la belleza. Pero no para ser una declaración en sí. Desde pequeños hemos crecido con la historia de aquel pato, que lejos de saber si se convirtió en paté solo tuvimos claro que se expuso por ser negro y no por su aspecto, aunque en esta revisión nos metamos en un tema más racial que estético. Y para reabrir todas las heridas tampoco estamos.

Al igual que la tinta en agua, los tentáculos de esta maravillosa nueva forma de concebir el arte se extienden por dondequiera que mires. El feísmo solo quiere ser escuchado. Ya sea en unas chanclas con calcetines tobilleros, en los carteles del metro anunciando el inesperado retorno del Word Art o la nueva filmografía de los vídeos ASMR. Entre la incomodidad de todas esas creaciones que en un principio se catalogaron como la bisectriz directa del arte, estos guardianes del antigusto vuelven a ser tendencia devolviéndonos la fe en el ser humano y recordándonos aunque no somos para tanto también tenemos nuestro encanto.

Empecemos por el final. Los videos ASMR, siglas qué quizá te digan poco y la definición de estas te pierda aún más: Autonomous Sensory Meridian Response o Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma son un nuevo formato que navega entre el deseo y lo terapéutico, buscando la relajación de aquel que se sumerge en él.  Micros de alta frecuencia y susurros hacen del Whisperlodge la mayor referencia dentro del género, pero detrás de esta piedra angular divergen subtipos donde el patrón es masticar, crujir y chascar como si les tuviésemos en la propia oreja, bien cerquita. Sorprendentemente parece que cómo el milenarismo, la regeneración de la neurociencia ha llegado, pero como todo juego de luces viéndolo sobre el papel sólo podemos decir con toda honestidad del mundo que estos videos solo rozan lo asqueroso.

La masificación de esta especie de slime sonoro que son los videos ASMR, consumidos principalmente por aquellos que padecen insomnio y adictos del mainstream, es entendible, ya que imitando a la figura del neo-influencer y metiendo pequeños matices de curandero han conseguido juntar a un séquito que reclama la salvación en estos tratamientos. Si a eso le sumas que artistas del tallaje de Cardi B han colaborado en hacer videos de este tipo, el experimento rápidamente se convierte en viral. Sus productores se han convertido en verdaderas estrellas de este nuevo género casi de ficción cinematográfica a pesar de las miradas de recelo que hayan podido provocar en un colectivo naturalmente desahuciado como es el de videntes y referentes de teletienda. Con ojos de nostalgia ven como de haber nacido en otra época habrían encontrado en este estilo su mejor vía para llegar al estrellato y no al olvido.

Lo extraño vende y si tiende a dar grima, aún mejor. Una era audiovisual prometedora donde lo atípico empieza a conquistar terrenos antes inexplorados , donde lo distinto a nosotros tiende puentes a acércanos a lo desconocido. En eso está basado el Deep Dream, formato hermano de los ASMR donde se une lo tridimensional y los juegos mentales/visuales. Imágenes psicotrópicas que mezclan perspectivas donde nada es lo que parece y lo que parece ser se convierte en otra cosa en segundos. Un trabajo de ensoñación onírica y neuronal resumido en un software de algoritmos basados en la brecha que deja nuestra mente al recibir estímulos y concebir imágenes como un todo. Y detrás de ese todo, está Google, como era de esperar.

Empezando por tener claro que lo poco gusta y lo mucho cansa, lo feo abunda pero no fatiga. El empoderamiento del discurso geométrico y esa coletilla de encontrar arte únicamente en lo bonito, pierde peso gracias a la estridencia y a los colores chillones. No hay nada más real y honesto que sentirse libre de adorar lo feo. ¿Quién no ha (mal)gastado tardes enteras eligiendo pinceles en el Paint?¿Quién no se ha imaginado asaltando trenes mientras abría el Graffiti Creator? Y lo más decisivo, ¿Quién no ha hecho del Word Art su obra más emblemática dentro del diseño gráfico?. Miles, decenas de millones de títulos de trabajos pubertiles, se vestían por la cabeza con titulares rompedores que estimulaban la parte derecha de tu cerebro, te segmentaban, te diferenciaban y preparaban para ser un artista pictórico fallido. Cuanta angulación, que tipo de sombreado, la cantidad de degradado y elegir entre lo bicolor o tricolor son de esas decisiones fundamentales que la vida no te prepara para ello.

De ahí, de todo ese germen de engendros en forma de letras enormes resurgen nuevos estilos que una vez nacieron con el todopoderoso Word Art. Lo que una vez consiguió el minimalismo se rompe en pedazos por las líneas flúor y la estridencia. Camisetas impresas con diseños de los noventa, portadas de mixtapes y álbumes conceptuales que recuerdan a los cassettes de gasolinera o las variantes de la Comic Sans nos recuerdan que dentro de lo cutre, lo castizo y lo churretoso hay algo precioso que nos hace constantemente rememorar.

En esa reminiscencia es donde se levanta toda la controversia que atrapa y fulmina principalmente a un sector de entre todos los demás, el de la moda. Hablar de feísmo en un terreno acostumbrado al desnivel y que nunca llegó a pisar firme es más común de lo normal. La moda siempre ha sido acusada de ser para élites, de alabar lo feo con saña y de ser ordinaria. Y aunque las tendencias cambien y la moda empieza a vestirse de calle, aún el mundo se divide en bandos de incomprendidos y detractores. Los que auguran que el patronaje nace de la divinidad o aquellos decididos al puro simplismo solo callan al ver que el feísmo pasa a su lado sin inmutarse. Desde el calcetín en chancla, las gafas de cristal degradado y pasta de nácar, o ya solo con nombrar el nominativo pantalón pesquero, son suficientes motivos como para dejar de insultar al otro bando y rendirse a la evidencia , o a la derrota.

Del resultado de esas peleas callejeras donde nadie acaba en el suelo, hay uno entre todos que acumula demasiadas victorias a sus espaldas como para haberse hecho a sí misma la nueva “enfant terrible” de la moda actual. VETEMENTS, creación de Dena Gvasalia, director creativo de Balenciaga y sucesor de Alexander Wang en la franquicia, acaparó unos años atrás todas las luces del descampado que él entendía como pasarela de moda. Haciendo de sus diseños lo menos ortodoxo posible con artículos que bailan entre la exclusividad del lujo y el “ugly” streetwear han hecho músculo en abanderar el alto standing callejero. Líneas marcadas por la atemporalidad, fealdad y replanteamiento de estándares, nos da que pensar si VETEMENTS es de los pocos que pueden permitirse tener la potestad de reírse un rato del resto del panorama y convertir sus líneas en puro dadaísmo.

Como el arte abstracto, el feísmo, nunca fue entendido. Quizá no deba serlo, y nunca lo será. Todas estas obras de mal gusto solo nos hacen recordar que la cara es el espejo del alma y cuánto más fea o más partida está más tiende a gustar.

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Sobre el Autor / Daniel Pedroso

I don’t quite know what I am yet. I’ve tried flipping coins, listening exclusively to french crooners, I’ve even had a brief hat phase, but nothing stuck.