El Camino: una película de Breaking Bad. La nostalgia perdida

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Cine & Series /
Escrito por Daniel Pedroso

Quizá sea algo personal, pero vivo con la constante percepción de que ya apenas existen clásicos de nuestra era moderna. Aquellas excepciones que han conseguido consagrar su panteón son constantemente mancilladas a tumba abierta a base de reediciones y piezas de museo baratas. Breaking Bad quizá sea el mejor ejemplo de torre de marfil y a pesar de algún que otro viraje en forma de spin off aún consagra su identidad olímpica y bien tallada. Hasta que llegó su película.

Este pasado viernes 11 de octubre se estrenó en Netflix el epílogo de la proclamada como la mejor serie habida y por haber, la mejor de todos los tiempos: Breaking Bad. Vince Gilligan, su creador, ilustre por noquearnos emocionalmente a golpe de planos rompedores y poseer una hábil definición en su músculo narrativo, se remanga de nuevo para crear la continuación de la serie original en formato de película con El Camino: Una película de Breaking Bad.

Empujándonos de nuevo al desnudo desierto que ofrece Nuevo México, la trama nos sitúa en la inmediatez de una línea temporal truncada tras aquel mítico final televisado en 2013 donde los ecos de Baby Blue de Badfinger empequeñecían la figura del icónico Heisenberg (Bryan Cranston). Una vez muerto el perro, se acabó la rabia, el legado de Mr.White se convirtió en polvo seis años atrás y El Camino pone el ojo y las balas en su co-protagonista principal: Jesse Pinkman (Aaron Paul), quien tras su tormentoso final solo le queda una larga huida sin mirar hacia atrás.

El Camino es un epilogo para nostálgicos, pero no para cafeteros. Un bonus track de un álbum que dejó de sonar hace ya mucho tiempo y aún inconscientemente tarareamos a destiempo. Un bis desacompasado que con sinceridad, nadie pidió. Sin preguntar y sin saber responderse, el capítulo extra de Breaking Bad basa sus dos horas y diez en intentar saciarnos con el “Que fue de…” o el “Qué pasó con…” fórmulas que solo sirven a priori para darnos metraje extra de aquellos personajes secundarios y terciarios que no contaron con sus minutos de gloria. Casi a modo de cameos, los recurrentes flashbacks y algún que otro guiño marca de la casa no nos llega a distraer en acabar preguntándonos sobre qué necesidad había de crear algo tan innecesario y  plastificado.

Con el nivel tan superior impuesto por el propio Gilligan este tipo de ideas o malos consejos solo hacen agujerear el alma de una obra que a diferencia de la mayoría llegó a cerrar una etapa televisiva con broche de oro. El Camino no es un spin off como fue la premeditada Better Caul Saul, donde la forma se comió al contenido y el tedio va en línea del avance de sus temporadas. No es una secuela y no es nada parecido, es un capitulo adhesivo mal cosido a la trama inicial que se deshilacha minutos después de comenzar.

Sin pillarse mucho los dedos es fácil adivinar como El Camino no se ha tomado suficiente tiempo para prevenir los posibles tachones en rojo indeleble que le pudiesen llegar a primera hora. La hibridación de pareceres abruma todo el argumento que acaba por zancadillearse a sí mismo dándonos a conocer que el problema de identidad no solo lo tienen sus personajes. Aquellos lejanos créditos iniciales de la serie matriz, que jugaban con formulaciones químicas y aludían a todo un universo entorno a la anfetamina azul, El Camino lo encubre todo rápido y al grano rompiendo la sutilidad con un fondo de rojo sobre negro, dos franjas fácilmente reconocibles de un coche de carreras y letras desgastadas. Analogías de pared de garaje.

Planos cenitales y nadir aún forman parte de la férrea factoría que levantó Gilligan y quizá sea este el mayor motivo por el que podamos sin muchas ganas aupar a El Camino. Con nuestra manía de fábrica en comparar todo lo que se nos pone por delante es innato sentir la lejanía que prevalecía en la complejidad de la trama en los tiempos instaurados por el imperio de Mr. White, porque tras las ruinas veremos a lo largo una elegía sobre Jesse tras abandonar su cautiverio a manos de los neonazis que le obligaban a cocinar metanfetaminas hasta su propio éxtasis. El bajo perfil psicológico sobre la reconversión de alguien que brutalmente ha sido apaleado y maltratado no llega a calar hondo a pesar de ir conociendo poco a poco fragmentos que la serie original inteligentemente se ahorró en sus adentros.

Entre huidas y venidas vemos como el tiempo ha hecho mella en los personajes al igual que en todos y cada uno de los actores, la tersa cara de muchos han pasado a lucir arrugas y ojos vidriosos conviviendo con la fallida intentona de ser salvados por el maquillaje. Destacando la fugaz y entrañable aparición en esta entrega de Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks), quien recomienda a Jesse empezar su nueva vida en Alaska, nos lleva a sentir el frio del mismo paraje donde el propio Walter White desaparecía del mapa en la Santísima Trinidad que fue el final de la serie con Ozymandias, Granite State y Felina, brindando el antepenúltimo de ellos el premio Primetime Emmy al mejor guion a su directora Moira Walley-Beckett y vanagloriadose como uno de los mejores capítulos de la historia televisiva.

Otros casos como los de Skinny Pete (Charles Baker) o Badger (Matt Jones) quienes siguen siendo la red en el precipicio de Jesse aún conservan intacto el núcleo duro de la cuadrilla original y servirán de mejor ejemplo para mostrar que la repesca elegida en El Camino hace de toda la película un especial de Navidad. Son muchas las alusiones que aparecen durante esas dos horas para dejar a todos contentos, desde Jane (Krysten Ritter) hasta algunos míticos olvidados como Old Joe (Larry Hankin). Pero si tenemos que quedarnos con dos ejemplos que representan el todo y la nada nos tendríamos que quedar con Ed (Robert Forster) y Todd.

Ed, es uno de los personajes claves de El Camino que será siempre recordado por el triste suceso que tiñe de luto su estreno. Robert Forster, el actor que dio vida a personajes ilustres en emblemas como Twin Peaks o Jackie Brown fallecía el mismo día que la producción de Netflix se hacía mundial despidiéndose del universo Breaking Bad sin haber visto su obra televisada en las pequeñas pantallas de nuestros salones.

Esa tonalidad negra es la que nos amarga la sonrisa que posiblemente nos haya causado el ver de nuevo entre focos al personaje de Todd (Jesse Plemons), quien la vuelta a la escena parece que le ha pillado por sorpresa. El actor, que ha recibido miles de incendiarias burlas acusado de cometer un fallo gordo o no dar la talla muestra la superior grandilocuencia de cualquier fan frente a la falta de rigor que tiene la propia producción de la película. Con excusas casi impropias de Serie C las intentonas con planos desenfocados o barrotes que tapan y entrecortan más de la mitad de la cara del personaje no disimulan el ver como el actor ha ganado más peso del que la serie podía soportar.

Puede quedarse en anécdota esta cuestión de peso, pero el problema es que esa falta de realidad va cubriendo de polvo un film que juega entre la ser de acción y un moderno spaguetti western, acabando en terreno de nadie. Donde antes había un imperio, ahora hay desierto. Donde ahora hay rugidos de motor antes sonaban los éxitos locales Tex Mex como Tamacún de Rodrigo y Gabriela o Negro y Azul de los Cuates de Sinaloa o dónde antes había pixeles muertos ahora hay una demasiada alta definición que nos acerca a ser ajenos a todo lo que un día se nos hizo nuestro. La pulcritud de las altas definiciones nos hacen echar de menos la litografía pixelada y retro que hinchaba nuestros pulmones al inspirar el polvo del desierto.

La pena aquí es todo lo que se pudo hacer y no se hizo. O no se dijo. Una oportunidad perdida que alimenta la tendencia de no poder dejar quieto nada. Si ya se nos hace difícil convivir con la sensación de que en seis años ya nos estamos haciendo viejos, solo nos queda pedir que dejen en paz a la nostalgia y que el desierto siga durmiendo.

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Sobre el Autor / Daniel Pedroso

I don’t quite know what I am yet. I’ve tried flipping coins, listening exclusively to french crooners, I’ve even had a brief hat phase, but nothing stuck.