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Paquita Salas: La mirada castiza

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Podría ser contradictorio hablar del “resurgir” de Paquita Salas (Los Javis, 2016-2019) porque, pese al final amargo de la segunda temporada, en realidad Paquita nunca se fue. Y no solo porque ha estado hasta en la sopa, con unas promociones en México y en Eurovisión —entre otras— que, más que promociones, eran spin offs. Paquita Salas ha calado tanto en la sociedad española que ya es un icono pop del mismo nivel que muchos de los cameos que se han paseado por la serie. De hecho, rizando el rizo, se podría fantasear con que la próxima estrella invitada a Paquita Salas debería ser la propia Paquita.

Sin dejar de lado el concepto del resurgimiento de la serie, esta tercera temporada ha encontrado al fin su tono ideal, ha refinado su fórmula. Los Javis han hallado el equilibrio entre el tono naíf e incluso cargante de varios capítulos de la primera temporada y el tono excesivamente tremendista de algunos momentos de la segunda, para dar lugar a una tercera temporada formada por unos episodios de altísimo nivel. Y es que desde lo basto es más fácil ponerse tierno (que no cursi).

Ahora la línea entre comicidad hilarante y emoción melancólica es más fina que nunca, y a la vez más larga, pues se mantiene en cada uno de los capítulos. Y esa estabilidad en el guion —pese a que los episodios son mucho más libres— se ha trasladado también a la dirección, que, nutrida de esa seguridad, titubea mucho menos en todos los sentidos: adiós a los vaivenes de la cámara y a forzar la exageración, a querer seguir sus referentes (mockumentaries como Modern Family o The Office) a toda costa. Paquita Salas ahora se agarra con fuerza a su esencia, ahora ser brillante le sale de dentro. ¿Pero cual es la esencia de la serie? Una de ellas podría ser el retrato de lo verdaderamente castizo, de esta España en que conviven Isabel Pantoja y Rosalía; de este país en que no sabemos pronunciar la palabra tweet, pero aun así nos puede destrozar la carrera; de dónde lo que podría ser cateto va de la mano de lo distinguido y lo que es chic se queda en “chip”. Y a mucha honra. La mirada de Los Javis, de un humor muy similar al del que se nutren Pantomima Full, no juzga lo ordinario, sino que lo abraza para poder darle la vuelta: parte del acierto e ingenio de Paquita Salas nace de la faceta más cutre de aquello más glamuroso.

La España que narran Los Javis es real porque se acepta en lo bueno y en lo malo; porque no tiene miedo a ser kitsch; porque, como la propia Paquita, no teme dar vergüenza. Porque Paquita Salas demuestra que se puede citar al refranero y a la vez a Lorca, que se puede incluir en la banda sonora a Sabina y a C. Tangana. En un país como el nuestro en el que continuamente nos reímos de lo atrasado y de lo antiguo, o lo que es peor, lo ignoramos, resulta de lo más refrescante que los referentes de la cultura española estén continuamente presentes, pero sin que eso haga de menos a los actuales —recordemos ese maravilloso momento de la segunda temporada en que Paquita y Ana Obregón atracan la tintorería regentada por Lory Money.

Los Javis muestran sin regodeos su amor por la España que han vivido de cerca, desde los noventa en la televisión convencional hasta la más rabiosa actualidad del vídeo online, pero tampoco les queda grande La casa de Bernarda Alba (Federico García Lorca, 1945), posiblemente una de las obras más reconocidas y homenajeadas de la literatura castellana. Pocos artistas han sabido captar la sustancia del libreto y adaptarla con tanto estilo a nuestros tiempos como sucede en el quinto episodio de esta temporada. Y que el mejor capítulo de una serie tan actual y urbanita como es Paquita Salas ocurra en Navarrete ya dice mucho, y para bien. Paquita Salas tiene más en común con Bernarda Alba de lo que uno podría imaginar. Ambos personajes sostienen a un séquito de mujeres a base de garrote, pero en el caso que interpreta Brays Efe, es todo fachada. Su personaje es el que da el cambio más fuerte de todos, y el actor canario demuestra de nuevo que él sostiene la serie. Así, Los Javis rompen con el hermetismo ligado a la mujer española de la posguerra para mostrar un abanico de personas de lo más distintas entre sí, pero que comparten un realismo que las dota de vida propia.

Esas mujeres pueden comer por ansiedad, no saber qué es un hashtag, enviar vídeos picantes a sus ligues, mentir con desfachatez, pueden fracasar estrepitosamente y decidir que se quedan en el hoyo, o pueden decidir salir de él una y otra vez. Las mujeres de Paquita Salas son nuestras tías, nuestras madres, nuestras amigas y nuestras enemigas, son de verdad. Empezando por la propia Belén Cuesta, que por fin adquiere el protagonismo que merecía, pero siguiendo con Ana Castillo, fantástica en una escena de las que hacen historia de la televisión. Yolanda Ramos, que explota al máximo su virtuosismo cómico, y la maravillosa Claudia Traisac, que carga a sus espaldas con ligereza la mejor trama de esta tercera temporada. La lista de actores y actrices que tienen papeles brillantes en esta tercera temporada y en todas las demás es inabarcable.

La popularidad de Los Javis y su buen hacer les ha permitido tener una agenda de contactos tan envidiable que en Paquita Salas aparecen más famosos que en la revista ¡Hola!. Y es que al igual que la propia Paquita, parece que la intención de los creadores de la serie también es la de ensalzar y representar la profesión del artista. Es por eso por lo que, para todos los actores con cameo, el paso por la serie resulta una forma de resarcirse con ellos mismos y con su trabajo. La pseudo-ficción, la parodia y el reírse de uno mismo es la fórmula con la que Los Javis creen que se debe proclamar la calidad de lo nuestro. Ver a Macarena García enloqueciendo por un plato de cerámica o a Úrsula Corberó pidiendo que vuelva Física o Química no tiene precio.

La importancia y la esencia de Paquita Salas es que abre debates y hace autocrítica sin faltar al respeto, desde el humor y desde el cariño. Porque esa es la mejor forma de modernizar un país que sigue condenando a la comedia a un segundo plano, desde la carcajada, que, como Paquita, nunca pasa de moda.

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