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Peaky Blinders 4: A hierro matas, a hierro mueres.

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Small Heath, Birmingham, los temibles Peaky Blinders retornan a su escondrijo con más sudor y lágrimas que sangre entre sus manos tras la gran elipsis del pasado final de temporada. Su cuarta entrega llega con muchas heridas por cerrarse y vendettas que sortear, la creación de Steven Knight (Taboo) para el canal 2 de BBC ha vuelto y se merece hablar del gran peso que conlleva ser un blinder.

Es pequeña la probabilidad e ínfimo el número de seguidores de la serie que no se hayan autoproclamado como miembro honorífico de los Peaky fucking Blinders. El poder, la pelea, la sangre y el peinado cortado al ras ya son parte de la casuística propia de los de Birmingham, pero es la pura brutalidad de arrasar con lo que se interponga en tu camino, como buen pirata de los años 20, lo que más nos atrae en uniformarnos con la gorra de tweed. Porque un peaky comprende la pulcritud a la hora de vestir pero no de actuar, la tosquedad del acento áspero británico y el inmutable maquiavelismo de no tocar techo. Todo a medida y sin mesura, como el traje.

Necesario es analizar la serie con varios capítulos ya estrenados, como los referenciados y bien reverenciados brandys, la serie va madurando a cada paso que da y es fácil andar a tientas con sus primeras impresiones. Con un arranque de temporada que golpea sin esperar respuesta, Peaky Blinders nos devuelve al drama de miseria y lucha al que nos acostumbró los inicios de la banda, tan cerca está el cielo del suelo que rápidamente nos deja noqueados a todos aquellos que fácilmente nos hemos encaprichado con algunos de sus personajes.

Con un cambio de tempo y haciendo de su historia una asíntota, esta cuarta entrega rebaja la tensión respecto al pasado final de temporada y demuestra que los criminales también sufren en silencio. Los de Birmingham parecen haber sido derrotados por el dolor. Tommy Shelby (Cyllian Murphy) cada vez se muestra más como el soldado abatido que nunca volvió de Francia y la guerra interna con la que convive ahora no es mucho más fácil que la que dejó atrás. Y con él, todos los blinders. Los Shelby asumen su declive cuando la gorra y sus cuchillas tornan en corona de espinas y se hace cada vez más difícil de portar.

En esta cuarta temporada, Peaky Blinders se guía más entre el drama personal y humano que vive la familia, la cara derrotista de la gang que pudo tenerlo todo y está cerca de volver a ser nada. El paso que ha dado Steve Knight quizá sea acusado como un paso en falso para todos aquellos que buscaban más sangre que lágrimas, pero sin escrúpulo alguno arriesga en acercar la muerte al lado de los Shelby haciendo que los versos de Christina Rossetti se hagan más puros y reales en los propios labios de la banda. Ellos siempre fueron gánsters y el mundo del poder y la codicia es simplemente atractivo de por sí. Consciente del ritmo de la serie, aunque tenga que desacelerar el metrónomo, la historia trata de agrandarse al adentrarse en el retrato que merece ser el hombre más temido aún cuando eres el hombre que más teme.

Bien sabido es que cuando a hierro matas a hierro mueres. No hay mejor dicho popular que exprese el propósito de ser un Peaky Blinder en esta cuarta temporada. La llegada de vientos de venganza por parte de los wops del otro lado del Atlántico vienen a enrocar al clan de Small Heath, que vive en penumbra sus horas bajas. Nuevas tramas y nuevos personajes se unen al elenco haciendo que la serie sufra una revalorización al alza. Ya de por sí contaban con un once inicial de gala donde Cyllian Murphy atrae la principal dirección de los focos pero figuras que le acompañan como Tom Hardy o Helen McCrory son ya entidades de peso notables para crear una serie donde sobra el caché interpretativo.

Esta entrega mantiene y supera el carisma de su identidad británica sumando actores afamados y bien acogidos por la crítica. Especializados en encarnar ese tipo de personajes de aura maldita encontramos a Adrien Brody y Aidan Gillen. El primero se basta por sí solo en aportar la negrura y verborrea del clásico capo italiano, un personaje del que el mismísimo Al Capone estaría bien orgulloso. El segundo, tras su paso por Juego de Tronos llevándose el premio a personaje más odiado y más querido a partes iguales con Meñique, decide seguir con su estela de misterio y codicia moviéndose entre las sombras, donde más cómodo parece sentirse.

Peaky Blinders ha sido y será siempre ejemplo de excelencia. La recreación tan limada y su ambientación, muchos seguidores hasta desconocen que la banda de los Peaky Blinders tuvieron su lugar en la historia real,  hacen callo para crear un gran historia de misticismo y brutalidad siendo la principal referente en cuanto a las series de ficción histórica se refiere. Para este cuarto episodio el ritmo de la serie desciende pero la calidad se enaltece. Peaky Blinders es para disfrutarla con tiempo y calma, con la sonrisa torcida y la cuchilla afilada.

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