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T2 Trainspotting: ruina, vida y nostalgia

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Lejos quedó el subidón provocado por el skag, el levitar desde el suelo por efecto de la heroína al mismo tiempo que recorría las venas de Mark Renton y las calles de Edimburgo. Aquella invitación al placer de sumergirse en el caos perfecto y armónico de la droga era ‘Trainspotting’, de Danny Boyle. Tras veinte años de abstinencia llega la segunda parte de la película que marcó a toda una generación, hablamos de ‘T2: Trainspotting’.

La nueva propuesta de Boyle es difícil contemplarla con una mirada nueva, teniendo la referencia de su primera parte siempre latente. Pero es parte del juego de Boyle, que todo se convierta en nostalgia. Que todo nos recuerde. Y habrá tiempo para todo ello, para rememorar, para disfrutar de una excelente banda sonora y volver al gran afecto de tener por bandera lo escatológico. Así obra toda la película, a caballo de pronunciarse como algo novedoso pero sin olvidarse de lo que fue, cogiendo esta vez pinceladas de los libros escritos por Irvine Welsh; ‘Trainspotting’ y ‘Porno’.

Tarea compleja es recoger la esencia que el autor escocés escribió a sangre en sus libros, donde parte de su vida se refleja en la crudeza del lenguaje y sus personajes, y aún mas llevar todo ello a la gran pantalla. ‘Trainspotting’ y ‘Porno’ hablan de sentimientos, de ruina y vida, y algo se ve de esto en la nueva película. Todo es diferente, todo ha cambiado, y la madurez no sienta a todos por igual. ‘T2: Trainspotting’ cuenta la vuelta a casa de Mark Renton (Ewan McGregor) veinte años después, tras desengancharse de la heroína y haber traicionando a sus amigos llevándose 16.000 libras para “Elegir la vida”.

¿Veinte años han pasado volando, no?” sentencia Spud a la cuadrilla de amigos cercanos al distrito de Leith, que decidieron adoptar su forma de vida entorno a una única salvación: la heroína.  Aquellos chavales, que ahora son bastante viejos continúan siendo el scum de la sociedad escocesa, siguen siendo los defenestrados, los repudiados, los adictos. Sick Boy (Johnny Lee Miller) se gana la vida como proxeneta y estafador de viejos depravados. Begbie (Robert Carlyle) mantiene su psicopatía intacta, siendo capaz de hacer cualquier cosa para salir de la cárcel y saldar cuentas con Renton. Y por último, Spud (Ewen Bremmer), el personaje más honesto y real de toda la película al que el destino parece habérsele atravesado.

La vuelta a casa siempre es dura, y más cuando eres un ex adicto que ha vivido muy alejado del  hogar donde te intoxicaste. Cambiar Ámsterdam por Edimburgo, el running por la droga, el no elegir la vida por elegir una. Ese es el retrato que propone Boyle, la tristeza de hacerse mayor y  cambiar lo nocivo por lo que es debido, por empezar a hacer las cosas bien de una maldita vez.

Poco más es ‘T2: Trainspotting’; nostalgia y recuerdo. Nada nuevo, pero parte de la vida. “Nostalgia, por eso estás aquí. Estás siendo un turista de tu juventud” le recrimina Sick Boy a Renton mientras paso a paso la película va abriéndose en canal a la añoranza de los viejos tiempos, el deseo de volver a lo que uno fue mientras todo lo demás es diferente. El retrete más asqueroso de Edimburgo donde imperaba el swinging-london ahora es un local de paredes de espejo donde la gente baila a ritmo de techno. La heroína ha sido eclipsada por la cocaína y hasta su himno ‘Lust for Life ahora es versionada por The Prodigy. La energía parece cosa del pasado aunque el ambiente a desesperanza se mantenga intacto.

Valientemente Boyle intenta crear una segunda parte con otro ritmo, musicalidad y técnica que la primera, pero sin dejar de mostrar constantes guiños y referencias a esta y dejando a su paso la duda de saber qué sentido tendría esta película si no existiese su predecesora. En ‘T2: Trainspotting’ ya no hay mas ‘Trainspotting’, su significado se ha desvanecido y gran parte de la película parece llegar a contrapié. El discurso de ‘Choose a Life’ aparece en un momento donde no merece estar, fallando esta vez en su discurso moral. Se echa de menos una intro potente y más sentido en el uso de sus planos holandeses, que quizá mantengan alguna alegoría con la trama y sus localizaciones.

Pero sin desmerecer esa valentía, ‘T2: Trainspotting’ logra crear grandes escenas. Sus secuencias de humor cercanas al paroxismo, siempre con su intrínseco humor británico, son grandiosas. Su banda sonora perfectamente elegida nos mantiene al compás del sentido de la trama, cambiando la electrónica por el punk podemos escuchar fragmentos de The Prodigy, RUN DMC, The Clash o Blondie que se suman a un grandioso monólogo sobre el máximo exponente de idolatría en el fútbol británico como George Best.

En sí, ‘T2: Trainspotting’ es una pequeña de fotografía en forma de “Lo que pudiera haber sido”. Una entrega donde el paso del tiempo ha desgastado duramente a sus personajes, que cada vez con más arrugas en la cara ya no aguantan el ritmo de hace veinte años. Y es normal, el tiempo corre para todos. Pero si es cierto que, si nos dan a elegir entre escoger la vida o no elegirla, nosotros nos quedamos con la heroína.

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