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7 años: una película distinta

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Tengo una manera de ver las películas y es según un profesor que tuve en la universidad. “Lectura de estómago”, lo llamaba él. Supongo que es como siempre las he visto, pero ahora tiene nombre. Simplemente, consiste en sentir la película, en analizarla a partir de tus emociones, de lo que consigue atraparte y de lo que hace que te salgas de la historia porque sientes que falla.

“7 años” tenía algo. “7 años”, la primera película española de Netflix que, hace apenas unos días, pasaba a ser un nuevo plato en la carta. “7 años” tenía algo que me llamaba la atención y no era que estuviese dirigida por Roger Gual, ni que las piezas del reparto fueran Paco León, Alex Brendemühl, Juana Acosta, Juan Pablo Raba y Manuel Morón. “7 años” tenía algo.

La película se rueda en un único escenario: una empresa sostenida por cuatro socios que sentían que su recompensa por tantas horas de trabajo no era suficiente, por lo que decidieron derivar sus cuentas a Suiza para que el dinero negro pagase su tiempo invertido. Partimos de que están siendo investigados y es cuestión de horas que la policía los detenga por delito fiscal. Hay una solución: que uno de ellos asuma toda la culpa y sea castigado con siete años de cárcel, pero la pregunta es: ¿Quién? Para decidirlo, recurren a la presencia de un mediador, que se encarga de ser la voz de la conciencia. No hace juicios de valor, pero intenta que los socios reflexionen y se cuestionen cuál es el mejor criterio para culpar a uno o exculpar al resto. Un papel que me recuerda al de mi profesor cuando, en clase, nos hacía contradecirnos a nosotros mismos y recapacitar a la hora de escribir un guión, aludiendo siempre al sentido común.

Los socios son cuatro piezas de ajedrez necesarias en el tablero para empezar el juego, pero prescindibles para ganarlo. Y el tiempo de la partida se acaba. El tiempo, un factor muy importante que hace que el estómago del espectador, como decíamos antes, también tenga prisa, y con el que se juega conforme se acerca al final, cuando el cronómetro da otra inyección de nervios porque hay que tomar ya la decisión.

7-anos-interior

La trama abre paso a unas intensas subtramas que se van esbozando poco a poco y el tema de la corrupción, quizá demasiado casposo, se convierte en un dilema moral, que incluye al espectador y le da derecho a votar en la difícil decisión. Podríamos decir que pertenece a ese género “nuevo” del cine español, donde se busca la naturalidad de lo real. Un género que prefiere potenciar la construcción de los personajes y sus diálogos, porque lo que quiere es enseñarte la magia de dentro. Películas que terminan como sin avisar y acabas diciendo: “Es distinta. Me gusta”. Así, el final de “7 años” te deja en jaque, quizá porque es un desenlace precipitado y, aunque sea creíble, parece que no termina de convencer a tu estómago.

Como decía mi profesor, todos los temas están hablados, todas las historias están contadas, pero pueden reinventarse creando distintas combinaciones de lugares y personajes, que son las que nos traen ese olor a nuevo. A mí me gusta el olor de esta película. Me gusta cómo avanza la trama siguiendo los criterios para decidir quién debe sacrificarse. Consiguen que el espectador sea uno de los socios, o mejor no, porque podría ir a la cárcel, y entonces prefiera ser el mediador, una figura que también me gusta, aunque me deja una sensación rara, porque siento que quiere decirnos algo, pero no sé qué. Me recuerda a cuando entré en clase y mi profesor había dejado en su mesa un enorme Piolín de cerámica. Todos nos preguntábamos qué haría con él, pero la hora llegaba a su fin y el Piolín seguía en la mesa. Ese día nos enseñó que no se podía dar protagonismo en el guión a algo y luego no usarlo para nada. Ese mismo regustín me dejó el mediador en los créditos (sí, hay imágenes en los créditos, así que no os precipitéis quitando la película).

“7 años” tenía algo y estaba en la idea original, escrita por José Cabeza, mi profesor de la universidad.

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